sábado, 24 de junio de 2017

Narrativa en Concepción, invierno 2017.


Recuerdo que allá por el final de los 80, publiqué una reseña en el Diario El Sur de Concepción, pasando una rápida mirada a la producción de prosa literaria en esos años. Recuerdo que en ella mencionaba a Jaime Riveros, Roberto Henríquez y David Avello,  con sus novelas La Espera (1989), Contra la Ternura (1989) e Incidente en el Bío Bío (1988) respectivamente. Recuerdo también que el escrito, buscaba destacar la prosa, como elemento significativo del quehacer literario penquista, desplazada por el elemento poético, especie de talismán cultural invocado constantemente acaso como forma  simbólica  de identidad nacional. “Chile, país de poetas” es casi –cierto o no, un refrán- y los mismos poetas escuchan con un aire de preocupación frases tales como “en Chile se levanta una piedra y aparece un poeta”, apelando tanto a la “inspiración natural” en estos menesteres de  gozarían  - dos premios nobel mediante -  nuestros los coterráneos, como a la facilidad – y acaso la volubilidad- del oficio. Y asimismo escuchamos alabanzas y loas a la capacidad  novelística de los habitantes de Argentina, Perú, Colombia, etc., que parecen exhibir una panoplia abundante de cuentistas y novelistas más que destacados. Por ejemplo, usted mismo puede hacer el  ejercicio: si busca en la red los 10 libros más significativos de la literatura Argentina, verá que a juicio de intelectuales, escritores y críticos, en los 10 no figura ningún poeta. En cambio, en el caso de Chile, los nombres de Neruda, Mistral, Huidobro, De Rokha, Parra y Gonzalo Rojas, de seguro estarán. 

Recuerdo incluso haber leído por ahí una suerte de antropología filosófica que  explicaba la efusividad lírica del alma nacional, confrontándola con la torpeza de toda narratividad. Sin embrago, el caso es que narradores no faltan en la tierra chilena y tampoco en la región del Bio Bio. Y de cuando en cuando, hay eclosiones, que destacan en su larga tradición. Una tradición que envuelve muchos nombres y que a fuer de no ser tan conocida, no por ello no deja de figurar como línea de continuidad. Daniel Belmar, Erich Rosenrauch, Ilda Cádiz, Andrés Gallardo, Sergio Gómez, Jaime Riveros, Roberto Henríquez, David Avello, Ingrid Odgers, Roxana Heise, Tito Matamala, Carlos Basso, Victor Bascur, Felipe Fuentealba, Alexis Figueroa, Gonzalo Bizama, Gonzalo Fernández, Oscar Sanzana y César Valdebenito, hasta el momento, la configuran. 


De todos ellos hay libros en librería, premios, crítica y publicaciones, además de algunas anécdotas más o menos decidoras. Por ejemplo, que Erich Rosenrauch fuese  descrito por Vicente Pastor como un “Kafka terremoteado y sureño” en el Diario El Sur, allá en los 80; que Ilda Cádiz fuese una precursora de la ciencia ficción nacional y que una de sus novelas (esta vez de carácter histórico) –“La pequeña Quintarla de Joaquín Toesca”- fuese  usada como matriz literaria para “El sueño de la Historia” de Jorge Edwards, sin que este autor  la mencionara; que Andrés Gallardo en su afán de dar visibilidad y continuidad esplendorosa a una línea criollista y satírica –emparentada con Enrique Araya y el Joaquín Díaz Garcés de “No veraneo”- chilena, diese con aventuras tales como la independencia imposible de Coelemu, respecto del suelo nacional. O que Sergio Gómez, primerísimo representante de lo que en los 90 se llamó la “nueva narrativa chilena”, ambientara todo un mundo ciudadano en los territorios -disfrazados, alterados por la literatura- de la ciudad de Concepción.  



Este es un rasgo que podemos encontrar, ya instalado como un rasgo, en  este cuerpo de autores: la relación anecdótica, espacial, geográfica, corporal, espiritual con su ciudad. Al igual como otras “ciudades literarias”, Concepción se instala en sus autores, prestando sus calles, parques, bares, paseos y hasta ciudadanos personajes, para los distintos escenarios. Por ejemplo, en “De tu sangre cautiva”, Ingrid Oldgers ensaya una historia sentimental: cercana a las reflexiones existencialistas presentadas en el marco de la urbanidad y situadas por los personajes, contra el fondo de una ciudad. Que tiene una seña precisa, un nombre claro y distinto: Concepción. Contra este fondo, el texto, avanza en su historia, brindado un tiempo pausado, con algo de agobio (sostener estos rasgos como parte del -valga el término- “alma penquista” casi le costó el puesto académico a Jaime Giordano hace ya bastantes años atrás): una nostalgia fatalista y estoica que pareciera ser la característica del habitante de esta ciudad. Es un rasgo que en forma casi ya “tradicional” se adjudica a la ciudad y sus habitantes y que leemos ya en el mismísimo Daniel Belmar. En “Los túneles morados” (1961) dice. “La ciudad, azotada por el vendaval, sus arterias desoladas, edificios muertos en la noche, todo eso, en fin, que día a día se agitaba, temblaba y albergaba a la pululante hormiga humana”. Casi 45 años después, un joven escritor -Gonzalo Fernández- también penquista, reflexiona: “Con solo mirar la ciudad de Concepción podemos hallar murallas destruidas, calles con los tremendos hoyos o adoquines antiguos, edificios abandonados, construcciones a medio terminar, etc. En general vivimos en un entorno post apocalíptico muy sutil”. Y este diría que sí es un rasgo más moderno: y que transforma y actualiza esa percepción fatal (sostiene Jaime Giordano en Treinta años de poesía en Concepción (1966): “El santiaguino que viene a Concepción termina por dejarse atrapar por el monstruo de la humedad y el monstruo de la sombra. Sobrevive el desencanto, la pérdida de las energías… etc. etc.) en un escenario de ciencia ficción. Es curioso el cómo los territorios de lo fantástico y la fantasía invaden los escenarios y espacios de la literatura de los nuevos narradores de Concepción.

Viento Sur .Poesía en territorios compartidos. Varias Autoras. Amukan Editorial 2016



Este libro, reúne siete poetas abarcando un lapso de producción textual que  va desde los tempranos 80 al presente. Un arco que ordena a Alejandra Ziebretch, María Teresa Torres, Cecilia Rubio, Damsi Figueroa, Camila Varas, Nelly Gonzales y Noelia Figueroa, en el orden ascendente de las publicaciones. Es una lista que se inscribe en el conjunto mayor de la poesía escrita por mujeres  desde y en Concepción, y como tal representa y visibiliza un trayecto de ejecución, una huella, una voluntad de indagación, arte y voz, que no es frecuentemente visto en el discurso cultural; y aunque acaso en forma extrema, podamos juzgar que todo discurso ha ido perdiendo su significación en tanto relato, dada especialmente la posibilidad de agenciar otro -por ejemplo desde la morfología territorial-,  aún creo posible, como signo y circunstancia, hablar de tradición. Ya ciudadana, regional, nacional. 

Generalmente, en Chile la palabra tradición se une manifiestamente a la palabra poesía en artículos críticos tanto de prensa como académicos. A veces, se especifica el sentido de voz, proveniente en demasía de Neruda, De Rokha, Huidobro y Mistral, aunque una Mistral por lo mismo reducida –nótese los acompañantes- a una lectura epigonal de virtudes femeninas tales como compasión, amor sin límites, sufrimiento mudo y reivindicación  universal. Tradición: a veces, se presenta su carácter  en tanto  la “construcción de un panteón”, siendo esto, privilegiada  forma de manifestación – su contenido devendría así en un elemento secundario- de ella.  Otras veces,  se explicitan las tensiones entre consagrados y novísimos, y otras como la dialéctica en que sobreviven los nombres, islas en medio de la tempestad.  

Finalmente, otras veces “la tradición poética chilena” suele usarse tan solo como una frase de alabanza hueca, cortés. Sin embargo, aún en esta forma abstracta, es posible leer la fuerte determinación  de las palabras, puesto que, aún sin otra especificación visible, la tradición poética chilena, se constituye y  es, una tradición de hombres. Y, a despecho de su fundamental carácter de unicidad, existen  tradiciones signadas otras,  tal   menores, oblicuas, mestizas, esquivas, ocultas, etc., en relación con  un  centro  histórico de presencia y legitimidad. Determinar la oscuridad de dicho centro es claro: Como dice Ana Skledar-Matijević*: “La tradición de la voz literaria femenina hispanoamericana, que nunca ha sido interrumpida, empezó con la conquista española del continente americano y es inherente a la expresión literaria en la lengua castellana. Sin embargo, la dominación masculina es evidente, y ha sido la causa de que algunas obras escritas por mujeres fueran olvidadas, perdidas o simplemente ignoradas. Ahora bien, no intento elaborar un mixtificación de nombre tradición poética penquista, sino más bien, de señalar lo que decíamos, la presencia del conjunto mayor de poesía escrita por mujeres en esta realidad territorial**, presencia que no ha sido hasta el momento mayormente dicha, y escasamente configurada en relación con un  eje mayor, por ejemplo, el sur de Chile, como escenificación territorial. Y en esto, recuerdo al menos dos compilaciones: la primera, Poetas actuales del sur de Chile, de Miralles y Galindo, reconoce expresamente: La poesía escrita en el sur se inscribe en el contexto global de la poesía chilena, más allá, obviamente, de sus propias peculiaridades. Por lo mismo, al hablar de “poetas actuales del sur de Chile”, se está precisando una zona de producción literaria con sus propias reglas y relaciones creativas; la segunda, Héroes civiles y santos laicos, de Yanko González Cangas,  apunta: De ‘la palabra’ que versa este conjunto de entrevistas, es la de poetas y narradores ampliamente reconocidos en sus espacios locales -y por cierto, también, espacios ‘nacionales e internacionales’-. De la ‘periferia’ que trata, es el cómo estos autores han desarrollado y, muchos de ellos, consolidado su obra en el espacio geográfico y cultural denominado sur de Chile”. Tenemos así, a la vista, dos criterios que coinciden tanto en la localización como en un rasgo: en el total de  autores reunidos (18), figuran dos mujeres, las mismas en las dos compilaciones.

La intención de Viento sur enmarcada también en una  designación territorial - la misma palabra sur así lo signa- adquiere sin embargo una dimensión distinta en el subtítulo: Poesía en territorios compartidos, leemos,  nombrando  la posibilidad de un territorio habitado y constituido por diferentes realidades, la presencia una voz poética múltiple, constituida en un lugar dinámico, cuya característica esencial es diversidad  y participación. Cultura, etnia, registro, experiencias, entorno, vida, conforman el mapa de este territorio que en tanto escritura dialoga teniendo por eje la naturaleza, no ya  entendida como “mundo natural” o como “ecología” o  vislumbre “hipster”, sino como aquello que se revela en su voluntad primigenia. La poesía del sur se ha ido haciendo en encuentros, en revistas, en talleres, es decir, en y por medio de muchas prácticas colectivas (en Actos de nominación en la poesía del sur de Chile, de Roberto Casanova y Marcelo Zumelzu, se reconoce claramente a las revistas y encuentros literarios como espacios de divulgación poética) que han determinado su particular relación. 

Desde el Taller Aumen de Castro –fundado en 1975-, por donde pasaron autores como  Sergio Mansilla, Sonia Caicheo, José Teiguel, Óscar Galindo, Jorge Velásquez, Ramón Mansilla, Nelson Torres,  Mario Contreras y Rosabetty Muñoz,   hasta los encuentros, talleres e iniciativas editoriales del presente han pasado muchos años. Años que han visto la trasfiguración de una poesía urbana explorada en el sur -por ejemplo- en un arco que reúne a Cociña, Harris, Figueroa, Mardonez y Ojeda y  acaso al ahora cineasta Manhke-, años que han visto  la denominada poesía etno cultural –concepto generalmente situado en el territorialidad de  la VIII, IX y X región, años  que muestran intentos de trasfiguración poética hacia una poesía performática  y de acción, años digo, en que se ha extendido la poesía como tradición cultural  de nuestra misma ciudad,  en voces que van desde un reconocido Omar Lara  y su revista constante y nómade –Valdivia, Madrid, Concepción- hasta Darwin Rodríguez y su intento editorial en Tomé, precursora de la nueva energía del rubro, expresada ahora en múltiples proyectos editoriales, que en su carácter independiente aúnan emprendimiento, cultura y poesía. Años,  desde los encuentros  literarios de los asediados 80, hasta los ciclos y lecturas múltiples del actual Concepción. Son muchos los nombres y líneas de trabajo poético. Años, en que se ha conformado la  multiplicidad de una voz.

*  La tradición de la voz poética femenina hispanoamericana HIERONYMUS I (2007), 119-132.

** Son muchos los nombres, sobre 40, los que podrán configurar un panorama. Un relato constituido desde el primer cuarto del siglo pasado hasta el presente, que se inicia  con María Rosa González  (antologada por  Jaime Giordano en Treinta años de poesía  en Concepción, Ediciones Atenea  1966,  espacio que incluye además de ella,  a Berta Quiero y Sofía Cáceres), prolongándose posteriormente en nombres como Arinda Ojeda, Ximena Pozo, Marina Arrate (antologadas en Las plumas de Colibrí, Ediciones Cesoc, 1988. por Alonso/Mestre/Rodróguez/Triviños);  Alejandra Ziebretch, Rocío Lamar, Margarita Kurt, Kelly Salinas (en  Los Lugares y las Nubes, de Matías Cardal, 1994);  Pilar Cabello, Damsi Figueroa, Verónica Macaya, Cecilia Rubio, María Teresa Torres (presentes en Ecos del Silencio, selección de Patricio Novoa y Gabriel Aedo, Ediciones Malaface, 1997); Natalia Vogel, Marjorie Mardones, en El amante de la china del Norte, pasquín literario de vida furibunda; Gloria Sepúlveda, en La bella esquina del poema (antología, Dirección de servicios estudiantiles, Universidad de Concepción, 2006); Cynthia Vanlerbergue, Camila Varas, Mónica Contreras y  Carolina Escobar en Subtreinta/Muestra de poesía en Concepción, de Alexis Figueroa, 2008; Consuelo Rivera, Olga Grandón, Marina Arrate, Nelly González, Camila Varas y Carla Barrera, dispersas ahora por Chile y más allá;  Marta Contreras, Angela Neira, Patricia Pinto, de vocación universitaria; Bárbara Calderón y sus décimas; Alejandra Parés, Nivia Bustos, Marcia Flandes, Victoria Andrea, Paulina Ibieta Carolina Muñoz, Karina Penélope, etc. Esta lista no es completa en absoluto: son muchos los nombres, y no intento hacer un Retablo Poético de Concepción. La intención dicha de los nombres, su hilación y su presencia, es la demostración de una continuidad, de un arco de producción determinado, de  una tradición de escritura de la que  aquí  me ocupo. 

Sobre “Ir a la trinchera” de Juan Carreño, Ediciones Ajiaco, últimos días de 2015


Año 1980 y tanto. Lugar, el “Gatsby” de Concepción. Antes el  cine Cervantes, ahora es un centro de evento elegante y siútico, con amoblado de tapizado en terciopelo rojo sintético y grandes espejos de marco dorado.  En esa tarde,  una productora de modas – recuerdo los apellidos Geisse e Insense- organiza un evento para el plumerío de plata local. Como parte del decorado y la entretención, han contratado a alguna gente de teatro, los que resultan pertenecer al “Teatro Urbano Experimental” de Concepción. Grupo de honrosa y valiente memoria -al cual pertenecí alguna vez- en los tiempos y años de la agitación callejera, ve en esta actividad una fuente provisoria de financiamiento, por lo que disfrazados, maquillados y en trance, pasan a oficiar de garzones. Son cuatro o cinco los que atienden el evento. 

Poco a poco el asunto se hace cuesta arriba.  Los gritos menudean y cunde la histeria organizativa; los contratantes, empoderados en su pachorra de gente bien, mandonean  e imparten órdenes absurdas. La cosa está fome. Hasta que  uno de nosotros tiene una idea brillante. En el trasfondo del local, en donde debemos armar y servir el coctel, realizaremos una discreta y secreta broma. Mezclaremos nuestras salivas y expectoraciones con los sugestivos tragos, para servirlos con su parafernalia, en las doradas y brillantes copas.  Luego, a disfrutar, con una sonrisa oculta en los labios. Lo recuerdo, al encontrar una anécdota casi idéntica – cambian las fechas, los lugares, pero el sentimiento es el mismo- en la crónica “Pollo caballo” del libro Ir a la trinchera de Juan Carreño. Publicado recientemente por Ajiaco Ediciones, se trata de un libro de crónicas, que andando un poco se desborda por todos los géneros, situándose a veces en una tradición de cronista mucho más cercana  al estilo de Enrique Bunster y Joaquín Edwards antes que a la jerga barroca de Lemebel. 

Se proyecta, explotando, ya en libro de viajes, ya en episodios extraordinarios, ya en diálogos descocantes  o prosas que por momentos  evocan el espíritu de apostasía ciudadana que inaugurara Marcelo Mellado, amén de eficientes atentados casi surrealistas a la prosa nacional. Lo que Juan Carreño hace- para decirlo en un par de líneas- es una crónica fantástica de sí mismo, en la que nunca permite que la anécdota o los personajes se distancien del núcleo duro de su escritura: su consciente yo, imbuido de su voluntad de escribir. Esta programática, expresada por medio una habilidad de mutación literaria en pleno desarrollo, entrega un libro sólido –valga la comparación metafórica- que no cultiva ni necesita un pintoresquismo corsario y funanbulesco para hacerse ver. 

Hace unos años  en un evento de poetas y críticos sostuve que la crítica literaria que me interesaba – en el sentido de su hacer- era aquella que en su estructura y despliegue ofreciera la posibilidad de integrar tanto la reflexión sobre el texto como la exposición de las reglas y procedimientos en que reconociese las condiciones de su posibilidad. Y así, estas reseñas, serán simples, pero no incautas, basadas en la apreciación personal y por tanto, opinión, mas no opinión sin sentido: se basarán en experiencia lectora, conocimiento de las posibilidades de una tradición y en una  práctica escritural sostenida.  Hablo de sensibilidad estética, a la vez de la capacidad de observar el comportamiento y raíz de esa sensibilidad.

Dice Carreño: Había que forjar la escritura como un robo hormiga de la experiencia, una especie de alunizaje para reventar un cajero automático y escribir tirando miguelitos a los críticos y pacos. ¿Se ve que es difícil meterse a crítico, no? Difícil…pero necesario. Pues sin lectura y sin opinión, los libros se quedarían en los anaqueles, sin decir ni pío.

 (Alexis Figueroa)

Otoño, de Felipe Fuentealba R. Ediciones Balmaceda Artejoven (BAJ). 2015


Leo la crítica de Patricia Espinosa a Otoño -libro de cuentos- de Felipe Fuentealba. Se trata d volumen que inaugura la colección “Narrativas Emergentes” de Ediciones Balmaceda Arte Joven,  aparecido en  Santiago de Chile, 2015, en una edición a cargo de Rodrigo Hidalgo. Patricia, siempre me ha parecido una buena lectora, y generalmente he estado de acuerdo con sus críticas.  Andando el tiempo, me ha sorprendido más de una vez. Un par de veces, encontrado excelente libros que para mí son francamente un desastre, y también, encontrando desastrosos, libros que para mí son buenos libros. 

¿Podremos con esto avalar el tópico “todo es según el color del cristal con que se mira”? No. Sin abundar ni ver bajo el agua, diría que Espinoza, en su labor crítica, pierde el rumbo cuando valora en base a factores extraliterarios, tal como lo fue en el caso de su apreciación de Piel de Gallina –de Claudio Maldonado, Inubicalistas, 2013- y de Otoño -de Fuentealba. En el caso de Maldonado cuya novela me pareció sorprendente,  no logra situar el contenido del libro en su tradición. Piel de gallina se inscribe en la línea satírica, angurrienta – en el sentido original de Juan Godoy, como la marcha de lo vernáculo hacia lo cósmico–, “criollista y funcionaria” de la literatura chilena, de la cual libros como los de Enrique Araya (El caracol y la diosa, La Luna era mi tierra, etcétera) y de Andrés Gallardo (Cátedras paralelas, La nueva provincia) son un ejemplo. Piel de gallina no desentona en esa especial sensibilidad literaria, cuyas producciones siempre han corrido el riesgo de ser mal juzgadas –especialmente en Chile– como meros “juguetes” o “literatura menor”. Pero también, el asunto, puede ser un asunto de “temas”. Ya que Piel de Gallina esboza evidentemente un tema menor: la tragedia de un pobre fantasma, dedicado a enseñarle a los pollos el arte del buen morir.  

Respecto a Otoño, también se presenta esta misma objeción. Aunque no se hable directamente de esto, al parecer  le molesta que  el libro presente “una galería ensombrecida de personajes expuestos a pruebas que siempre lograrán sortear, para al final ver la luz”. Y agrega “la enseñanza fatalmente se traga a la anécdota”. Me pregunto, ¿qué libro leyó? Este privilegio crítico por una “línea catastrofista”, de “realismo sucio”, de “historias sombrías sin redención” (la historia que, según Patricia, “justifica” el libro: “Una fotografía”, no tiene ningún mérito literario que la distinga del resto de la escritura del mismo, salvo esta característica temática) hoy presente en la narrativa chilena, es más bien un asunto de mala conciencia social, antes que resultado de una buena lectura. 

Es un asunto ideológico, tal como en su tiempo lo fue la visión de América construida a partir del Boom. “Otoño”, es un libro de desolación amable, que en sus mejores partes se acerca al optimismo melancólico de Raymond Carver -que es melancólicamente optimista,  al igual que J. D. Salinger-  diseñando un discurso no ajeno a esta reverberancia escritural. A la luz de la mirada crítica aquí empleada, -en relación a otro cuento de Fuentealba, donde ejercita acaso una alegoría- un cuento como “El Árbol” de María Luisa Bombal, sería un fracaso como artificio literario, por dar un ejemplo. 

Finalmente: Felipe Fuentealba  nos trae una escritura fresca, aireadora, de una precisión narrativa que sigue su curso observando en todo momento los finos detalles que alimentan la historia, sin ahogar las posibilidades de su diversidad. 

(Alexis Figueroa)